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El insoportable peso de la mochila

Por Julio Manuel Benítez

El insoportable peso de la mochila

Por Julio Manuel Benítez

La mochila de papá siempre dormía arriba del ropero.

Durante meses nadie la tocaba. Juntaba polvo, alguna telaraña y el olor del humo del fogón que se metía por toda la casa. En mi ingenuidad de niño pensaba que las mochilas también descansaban después de trabajar.

Hasta aquella mañana en que escuché el ruido del cierre antes de que saliera el sol.

A pesar de que apenas era un susurro despertó la casa entera.

Desde mi cama al abrir mis ojos con pereza vi a papá de espaldas. Doblaba la ropa con un cuidado inusual. Las camisas viejas parecían nuevas entre sus manos. Mamá se mantenía en silencio. Revolvía la olla donde apenas hervían unas mandiocas y un pedazo de zapallo. El cucharón golpeaba el borde de hierro siempre en el mismo lugar.

Tac. Tac. Tac. Tac

En ciertas ocasiones el silencio urge de un sonido para mantenerse.

Sobre la mesa había un papel lleno de números.

Me costaba entender qué decía.

Los adultos lo miraban todos los días. Después suspiraban.

Desde hacía un tiempo las conversaciones cambiaron a un idioma incomprensible para nosotros.

Antes hablaban del tiempo, de la cosecha, de la lluvia.

Ahora hablaban del precio de la yerba, de las deudas, de los viajes, de Brasil.

Brasil empezó a aparecer en la mesa, en la escuela, en la cancha y hasta en la misa de los domingos.

Era una palabra que se llevaba hombres: El papá de Tomás ya se había ido, como el padrino de Camila, hasta Don Ernesto cerró la herrería porque sus dos hijos cruzaron la frontera.

Las bicicletas seguían apoyadas contra los árboles mientras esperaban a sus dueños.

-Allá hay trabajo -escuché decir muchas veces.

Nunca entendí por qué el trabajo podía vivir en otro país.

Papá terminó de cerrar la mochila. Esta vez el cierre no se trabó. Eso me dio más miedo que cualquier otra cosa.

Salimos al patio. La tierra todavía estaba húmeda por el rocío.

El perro empezó a dar vueltas alrededor de papá creyendo que iban al yerbal. Trajo una rama para jugar.

Papá se agachó. Le acarició la cabeza.

Nunca había visto una despedida entre un hombre y un perro.

Parecía que los dos sabían algo que yo desconozco aún.

Mientras caminábamos hasta la ruta fui contando las huellas de las botas sobre el barro colorado. Quise pisarlas todas.

Pensé que, si no dejaba ninguna atrás, tal vez él tampoco tendría que irse.

Cuando llegamos, ya había más hombres esperando. Todos llevaban la misma mochila, con las mismas botas embarradas.

Ninguno se parecía al otro, pero todos tenían la misma expresión en sus caras. 

El colectivo apareció levantando una nube de humo. 

Nadie lloró. Los grandes hacen cosas extrañas. Guardan las lágrimas para cuando ya no sirven.

Papá me abrazó. Olía a jabón blanco, a tabaco y a monte.

Quise preguntarle cuánto tardaba un país en devolver un padre.

Pero me fue imposible encontrar la manera.

Subió los escalones. Se sentó junto a la ventanilla y levantó la mano. Yo levanté la mía.

Después el colectivo dobló en la curva.

Las manos desaparecieron primero.

El resto vino después. Durante varios días seguí entrando a su pieza.

Un poco para  buscarlo, pero más para comprobar que las herramientas seguían allí: El machete, el sombrero, la lima y las  botas viejas.

Me tranquilizaba saber que algunas cosas todavía ignoraban que él se había ido.

En la escuela nos pidieron escribir qué queríamos ser cuando fuéramos grandes. Uno dijo policía. Otro, enfermera. Varios, futbolistas. 

Yo escribí:

“Quiero inventar un trabajo que no obligue a los padres a despedirse de sus hijos.”

La señorita leyó mi hoja en silencio, sin atreverse a escribir ninguna corrección. Sólo pasó la mano sobre el papel, despacio. Como hacía mi papá cuando acomodaba la tierra alrededor de una plantita recién nacida.

Todavía hoy, cuando escucho el ruido de un cierre cerrándose antes del amanecer, vuelvo a mirar la puerta.

Hay sonidos que jamás terminan de irse de una casa. Aunque el colectivo haya cruzado la frontera hace mucho tiempo.    

Julio Manuel Benítez

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